“POR PUDAHUEL Y LA BANDERA”

mayo 5, 2008 at 10:52 pm 1 comentario

Reflexiones sobre un parque intercomunal.

Evelyn Quinteros Elgueta

 

Once cincuenta de la mañana. Domingo santiaguino. Nada que hacer. Tomé mi bicicleta y pedaleé con rumbo a algún pulmón verde en la capital. Después de una semana universitaria necesitaba conectarme con mi naturaleza interna. A sesenta minutos de San Joaquín y camino a la costa en Avenida Ossa 1985 me encontré con el Parque “La Bandera”, el orgullo de la comuna de San Ramón. Miré el panorama a mi alrededor: La Granja hacia el oriente, La Cisterna hacia el poniente, La Pintana y La Bandera hacia el sur. Luego, miré mis zapatillas, la marca de mi bicicleta, mi reloj y dudé en entrar. Conjeturé que un Parque Intercomunal como éste debía tener algún tipo de seguridad y que por último tenía que darle un descanso a mis piernas, así es que crucé la calle y me aventuré.

En la entrada oriente del parque y hacia el costado sur se encontraba la oficina del administrador y la caseta central de guardias, con siete hombres vestidos de gris para protegerme; dos de los cuales permanecieron todo el tiempo en la entrada y otros cinco efectuando rondas por el lugar. Me puse a pensar si siete hombres eran suficientes para cubrir de seguridad las once divididas hectáreas que me rodeaban, saqué el cálculo rápido de que un guardia debía ser capaz de cubrir una hectárea y media por día y me pareció factible, entonces me relajé.

Me bajé de la bicicleta, la afirmé con una mano y comencé a recorrer el parque a pie. Un gran camino arenoso y amarillo zigzagueante era la columna vertebral y a su alrededor: praderas, árboles y juegos daban el toque natural al lugar. Llegué al otro extremo y noté que todo el recinto era como un rectángulo gigante y cerrado al borde de una comuna. Nada de conexiones con otras áreas, ni edificios que miraran al parque para contemplarlo, ni menos aún espacios integrados dentro del mismo parque. Los juegos infantiles estaban “encerrados” por cuatro murallas de ligustrinas y lo que podía haber sido el sector colorido y entretenido del sendero, se transformó en una caja vacía de risas y juegos de niños sin terminar. El concepto de “espacio abierto” se tornó distante y confuso y me pregunté si por alguna razón las personas que vivían en las comunas cercanas podían llegar a sentirse libres e insertas en la naturaleza cuando visitaban el lugar. Me pregunté también si acaso en Las Condes los paisajes se manejaban de la misma forma.

Dos y cuarto de la tarde. Decidí tenderme en el pasto que estaba tibio, limpio, recién cortado y ordenado y noté que todo mi entorno era igual. De algún concepto errado de niña tenía la sensación de que los lugares públicos eran sucios y mal cuidados, me tragué mis comentarios y sonreí.

Arriba el cielo azul, las nubes como siempre haciendo formas misteriosas para nosotros, empecé a relajarme. Un estrepitoso frenar de ruedas seguido de una filarmónica de bocinas interrumpieron mi descanso. Hacia el norte, la Autopista Vespucio Sur me recordó que aún permanecía en mi capitalina ciudad. Miré hacia el borde, dos personas venían en mi dirección una de ellas en silla de ruedas. ¿Habrá sido casualidad que el parque tuviera accesos planos y amplios para la gente discapacitada? O ¿será verdad lo del plan integrador que siempre se menciona en las políticas de gobierno? Al menos, con una o la otra, me pareció encontrarme en un país desarrollado. Me dio hambre, seguí mirando los bordes: una que otra camuflada entrada por la autopista o por la calle paralela que daba a San Ramón, unos cuantos arbolitos nuevos plantados con la intención de hacer una arboleda, pero de negocios o lugares donde comprar comida, ni la sombra. Me resigné. Pensé que la próxima vez que fuera tenía que ir en auto, para llevar una mochila grande con comida, pero recordé que no había estacionamientos ni en el parque ni en los alrededores. ¿y por qué se llamaba parque intercomunal si no había incentivo para que fueran las personas que viven lejos, en otras comunas?. De todos modos, esto no solucionaba mi problema. Me paré, tomé mi bicicleta y me devolví por donde mismo había llegado.

Comencé a mirar con más detención los espacios, habían juegos infantiles, escaños, basureros, baños públicos, bebederos, iluminación en altura, iluminación tipo plaza, multicancha, cancha empastada, camarines, espacios flexibles como el anfiteatro y juegos de agua. Recordé las historias de la abuela cuando vi los maitenes, quillalles, seibos, melias, plátanos orientales, jacarandás, palmeras, acacias y todas las 26 especies distintas que logré contar, todas ellas dispuestas a los costados del parque como tratando de separarme del resto de la ciudad. Las rosas trepadoras, ligustrinas verdes, flor de la pluma, rosas floribundas, vincas y algunas más, estaban dispuestas adornando el camino central. Cuando vi el paisaje como un todo me sorprendió la relación de lleno y vacío que se formaba: lleno de árboles alrededor y solo prado en el centro. Como si alguien hubiese olvidado que la magia de la naturaleza radica en la forma controlada que tiene de insertarse entre nosotros. Las sombras de los árboles que se perdían dispersas por el borde del parque no conseguían entregarme su frescura, pero al menos al grupo de deportistas que corrían de un lado a otro en el espacio que se generaba entre los árboles y el sendero, les permitía descansar. Me puse a pensar que si yo fuera el alcalde de la comuna inventaría cuantos talleres al aire libre se me ocurrieran. Invitaría a los niños y a los adultos mayores a participar de programas de recreación y deporte. El parque era un buen lugar.

Seis de la tarde. Domingo santiaguino. Nada que hacer. De un salto monté mi bicicleta intacta, con mis zapatillas relucientes. Mi reloj no paraba de brillar. Comencé a pedalear. Atrás dejé el prado verde reluciente, y las abejas y las flores. Atrás dejé a los siete guardias y mis deseos de encontrar un kiosco. Atrás. Sorteando los agujeros de la calle me alegró saber que el gobierno se preocupaba de nuestros espacios verdes y aunque algún paisajista pueda criticar el diseño deficiente, la poca conectividad y los accesos informales, estoy segura que los vecinos de La Granja, San Ramón, La Pintana y La Bandera agradecen enormemente el trueque de un sitio eriazo por un parque como éste. Nos falta, sí, nos falta mucho para comparar nuestras áreas verdes con las extranjeras que surgen como monumentos a la vida en otras latitudes, pero soy chilena y creo que tener la iniciativa de una idea es, tener la herramienta más importante para superarla. Quien sabe, tal vez un día nos reconozca el mundo entero por nuestros campos de flores bordados que son la copia feliz del Edén.

 

 

 

 

 

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PARQUE LO VARAS PARQUE QUEBRADA DE MACUL

1 comentario Add your own

  • 1. Bernardita Ramirez  |  mayo 7, 2008 en 2:22 pm

    Excelente relato de la visita, muy buena la iniciativa. Para los que disfrutamos de la naturaleza este blog es una invitación a recorrer la ciudad nuevamente y ampliar la mirada… felicitaciones a todos!!!!!!

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